Introducción: cuando el Rodadero era un susurro de palmeras
Si usted cierra los ojos y se para en la arena de El Rodadero hoy, lo primero que escucha es el rugido de las lanchas, el reguetón de los parlantes portátiles y el grito de los vendedores de cerveza. Pero si se sienta con un abuelo samario bajo una palmera, la historia cambia. Hace cincuenta años, este mismo lugar sonaba a olas tranquilas, a cocos cayendo y al crujido de las hamacas colgadas entre troncos. No había edificios de quince pisos ni centros comerciales. Solo casas de madera pintadas de colores pastel, un muelle de pescadores que olía a sal y madera mojada, y una glorieta donde los jóvenes bailaban boleros los domingos.
En junio de 2026, El Rodadero es el epicentro turístico de Santa Marta, con hoteles, restaurantes y discotecas que reciben a miles de visitantes cada mes. Pero debajo de ese brillo de neón y concreto, todavía se esconden las historias de los que llegaron primero. Este artículo no es una guía de playas ni de vida nocturna. Es un viaje al Rodadero que ya no existe, contado por quienes lo vivieron: los abuelos que aún caminan por la avenida principal con la misma parsimonia de hace décadas.
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El Rodadero de los años 70: playas vacías y casas de madera
En 1970, El Rodadero no era un barrio, era un caserío de pescadores. Las calles eran de tierra, y la única forma de llegar desde Santa Marta era por un camino polvoriento que hoy es la Avenida del Libertador. No había luz eléctrica en todas las casas, y el agua se recogía de aljibes o se compraba en barriles que traían los carros tanque.
Doña Clara, de 84 años, vive desde 1965 en una casa que heredó de sus padres, justo a dos cuadras de la playa. Cuando le pregunto cómo era la vida entonces, suelta una risa que suena a campana vieja:
—Mijo, aquí no había nada. La playa era de nosotros. Uno llegaba, se tiraba en la arena y no veía a nadie en kilómetros. Los turistas eran raros, y cuando venían, se quedaban en casas de familia porque hoteles solo había dos: el Hotel Tamacá y el Hotel Balneario. El resto eran ranchitos de madera con techo de palma.
Las casas de madera eran el alma del Rodadero. Se construían sobre pilotes para protegerse de la humedad y las mareas altas. Tenían ventanas grandes sin vidrio, solo persianas de madera que se cerraban cuando llegaba el viento. Los patios eran enormes, llenos de matas de mango, cocoteros y flores de cayena. Allí se criaban los hijos, se colgaban las hamacas y se recibía a los vecinos para tomar café en las tardes.
El muelle de los pescadores: un lugar desaparecido
Uno de los sitios más añorados es el antiguo muelle de pescadores, que estaba ubicado donde hoy está el muelle turístico de la Marina. No era una estructura elegante: era una plataforma de tablones de madera sostenida por troncos de mangle, que se adentraba unos treinta metros en el mar. Allí llegaban los pescadores al amanecer con sus cayucos cargados de pargo rojo, sierra y langosta. Las mujeres los esperaban con canastos para llevar el pescado al mercado, y los niños correteaban entre las redes que se secaban al sol.
—Ese muelle era la plaza del pueblo —recuerda don Pedro, de 78 años, que trabajó como pescador desde los doce—. Uno llegaba, tiraba el pescado sobre la madera y la gente se acercaba a comprar. No había precios fijos, se negociaba. Y al mediodía, las señoras freían el pescado en fogones de leña en la misma orilla. El olor a frito se mezclaba con el aire salado, y eso era el Rodadero.
El muelle desapareció a finales de los años 80, cuando se inició la construcción de la Marina y los hoteles grandes. Los pescadores fueron desplazados a otros sectores, y muchos terminaron vendiendo cocos o alquilando sombrillas en la misma playa donde antes faenaban.
La glorieta: boleros y enamorados
Otro lugar que ya no existe es la glorieta que estaba en el parque central, donde hoy se levanta la Iglesia de San Miguel. Era una estructura de concreto con techo de tejas, rodeada de bancas de hierro forjado. Los domingos por la tarde, la banda municipal tocaba boleros, porros y cumbias, y las parejas bailaban bajo la mirada atenta de las mamás sentadas en las bancas.
—Allí conocí a mi esposo —dice doña Clara, con los ojos brillantes—. Él era un muchacho flaco que trabajaba en una tienda de telas. Me sacó a bailar un bolero de Los Panchos, y desde ese día no nos separamos. La glorieta era el lugar de los enamorados. Hoy todo es ruido y motos, pero antes se respiraba amor.
La glorieta fue demolida en 1995 para construir la iglesia, que los vecinos pidieron después de que un huracán dañara la capilla de madera que había antes. Algunos dicen que las tejas de la glorieta se usaron para reparar casas viejas. Otros aseguran que todavía están enterradas bajo el concreto de la plaza.
Qué hacer hoy para conectar con el pasado
Si usted llegó a El Rodadero buscando la historia que aún respira, no todo está perdido. Aunque el barrio cambió, hay lugares y actividades que le permiten asomarse a ese pasado de palmeras y casas de madera.
Caminar por la calle 14: la última cuadra de casas viejas
En la calle 14, entre carreras 2 y 3, todavía se conservan tres casas de madera originales de los años 50. Una de ellas es la Casa de la Cultura del Rodadero, un pequeño museo comunitario que abre los sábados de 9 a.m. a 1 p.m. Allí hay fotos antiguas, herramientas de pesca y una maqueta del barrio en 1970. La entrada es gratuita, pero aceptan donaciones voluntarias.
—Esa casa era de don Efraín, el primer dueño de la tienda de abarrotes —explica doña Clara, que a veces da charlas allí—. Todavía tiene las vigas de cedro originales y las ventanas de persiana. Si usted toca la madera, siente la historia.
Visitar la playa al amanecer: el ritual de los pescadores
Antes de que lleguen los turistas, entre las 5 y las 7 de la mañana, la playa de El Rodadero se transforma. Los pescadores artesanales aún salen en sus cayucos, aunque son menos que antes. Si camina hacia el sector del Edificio Oasis, verá a don Óscar, de 72 años, que lleva más de cincuenta años lanzando sus redes. No vende pescado, pero le encanta conversar.
—Véngase un día a las 5:30, siéntese en la arena y mire el mar. Verá que el Rodadero de antes no se ha ido del todo —dice don Óscar mientras enrolla una red—. El mar sigue siendo el mismo. Las palmeras también. Lo que cambió fue la gente, pero el alma del lugar está aquí.
El mercado de artesanías de la calle 10
No es un lugar histórico, pero sí una parada obligada si quiere sentir el Rodadero de las familias. En la calle 10, entre carreras 1 y 2, hay un mercado de artesanías donde venden hamacas tejidas a mano, sombreros vueltiaos y collares de tagua. Doña Rosalba, de 68 años, lleva 40 años vendiendo allí. Su puesto es el # 7, y si le pregunta por el Rodadero de antes, le contará historias mientras le muestra cómo teje una mochila.
—Yo llegué aquí en 1983, cuando esto era puro monte —dice—. Vendía cocos en la playa, y después me pasé a las artesanías. He visto crecer los edificios, pero también he visto irse a los amigos. Cada hamaca que vendo lleva un pedazo de mi memoria.
Dónde comer o beber: sabores que no han cambiado
La comida del Rodadero también tiene su historia. Algunos restaurantes y puestos callejeros mantienen las recetas de hace décadas, y son el mejor termómetro para medir el cambio del barrio.
El puesto de cocos de don Memo
En la playa, frente a la calle 12, está el puesto de don Memo, un señor de 82 años que vende cocos desde 1968. Su puesto es una carreta de madera pintada de verde, con un machete afilado y una hielera. No tiene letrero, pero todos lo conocen.
—Un coco frío cuesta 5.000 pesos, y si quiere que le saque la pulpa, son 2.000 más —explica don Memo mientras parte un coco de un solo golpe—. Antes vendía cocos a 50 centavos. La gente se sentaba aquí, tomaba el agua y se iba contenta. Ahora los turistas quieren fotos, pero el coco sigue siendo el mismo.
Don Memo es una institución. Los abuelos lo recuerdan desde niños, y los jóvenes lo respetan como un símbolo de resistencia. Si usted quiere probar un sabor que no ha cambiado en medio siglo, ese es su puesto.
Restaurante La Casa de la Abuela
En la carrera 2 con calle 11, este restaurante familiar lleva abierto desde 1975. La dueña, doña Lilia, de 76 años, cocina las mismas recetas que aprendió de su madre: arroz con coco, pescado frito, patacones y ceviche de camarón. Los precios son accesibles: un plato de pescado con arroz y patacones cuesta alrededor de 25.000 pesos colombianos (precios de referencia de junio de 2026).
—No uso recetas escritas —dice doña Lilia mientras revuelve una olla de sancocho—. Todo es al ojo, como me enseñaron. El secreto es el amor y el coco fresco. Aquí vienen los mismos clientes desde hace cuarenta años, y también sus hijos y nietos.
El restaurante conserva el piso de baldosa original y las mesas de madera. En las paredes hay fotos en blanco y negro del Rodadero antiguo, donadas por los mismos vecinos. Es un lugar para comer y también para conversar.
Heladería El Rey del Coco
En la avenida principal, cerca del centro comercial Rodadero, esta heladería artesanal existe desde 1982. No es un lugar elegante, pero sus helados de coco, guanábana y mango son legendarios. Un cono sencillo cuesta 4.000 pesos. El dueño, don Carlos, de 70 años, asegura que la receta no ha cambiado en cuarenta años.
—La base es leche de coco fresca, azúcar panela y hielo —explica—. Antes lo vendía en una carreta, ahora tengo local, pero el sabor es el mismo. Los turistas me preguntan por qué no pongo sabores raros como pistacho o chocolate belga. Yo les digo: aquí solo vendemos sabores de la tierra.
Cómo llegar y transporte: ayer y hoy
Llegar a El Rodadero hoy es sencillo. Desde el centro de Santa Marta, hay buses urbanos que cobran 2.600 pesos por trayecto (ruta Rodadero-Bastidas o Rodadero-Taganga). También hay taxis que cobran entre 15.000 y 20.000 pesos, dependiendo de la hora y la negociación. Si viene desde el aeropuerto Simón Bolívar, un taxi directo cuesta unos 30.000 pesos.
Pero en los años 70, llegar era una odisea. No había buses directos. La gente viajaba en camionetas de madera llamadas "chivas", que salían desde el Parque de los Novios en Santa Marta. El viaje duraba una hora por un camino destapado lleno de huecos. Las chivas tenían techo de lona y bancas de madera, y los pasajeros iban apretados, pero cantaban y reían durante todo el trayecto.
—La chiva era una fiesta —recuerda don Pedro—. Uno se subía y ya sabía que iba a conocer a alguien. Los músicos a veces se montaban con sus guitarras, y todo el mundo cantaba. Cuando llegábamos al Rodadero, estábamos tan contentos que no importaba el polvo en la ropa.
Hoy, las chivas solo se ven en los paseos turísticos, pero los abuelos todavía las recuerdan con cariño. Si usted quiere revivir esa experiencia, puede tomar un "chiva tour" que sale los fines de semana desde la Marina, pero es más un espectáculo para turistas que un transporte real.
Tips locales: cómo vivir el Rodadero como un abuelo
Si quiere experimentar el Rodadero más allá de los hoteles y las discotecas, siga estos consejos que los mismos abuelos comparten:
- Madrugue a la playa los sábados: Los sábados a las 6 a.m., un grupo de vecinos mayores se reúne en la playa frente a la calle 9 para hacer ejercicios y tomar café. Llevan sus propias sillas y termo. Si se acerca con respeto, lo invitarán a conversar y a escuchar historias.
- No use bloqueador solar barato: Los abuelos recomiendan el aceite de coco natural, que se vende en el mercado de artesanías. Dicen que protege mejor y no daña el mar. Una botella cuesta 10.000 pesos.
- Evite las horas pico de turistas: Entre las 10 a.m. y las 3 p.m., la playa se llena de vendedores y música alta. Si quiere sentir la tranquilidad de antes, vaya antes de las 8 a.m. o después de las 4 p.m.
- Hable con los vendedores de sombrillas: Muchos de ellos son hijos o nietos de pescadores. Pregúnteles cómo era la playa cuando ellos eran niños. La mayoría tiene fotos guardadas en sus celulares y las muestran con orgullo.
- Visite la Capilla de San Miguel: Aunque la iglesia actual es moderna, la capilla original de madera estaba donde hoy es el parqueadero. Los abuelos rezan allí todos los domingos a las 7 a.m. y después se quedan a tomar café en la plaza.
Comparación con el presente: ¿qué se ganó y qué se perdió?
Es fácil romantizar el pasado, pero los abuelos son los primeros en reconocer que el Rodadero de hoy tiene ventajas. Hay electricidad las 24 horas, agua potable, hospitales, colegios y centros comerciales. Los jóvenes tienen oportunidades de trabajo en el turismo que antes no existían. La economía del barrio creció, y muchas familias que vivían en la pobreza ahora tienen casas dignas.
—Antes no había médico —dice doña Clara—. Si alguien se enfermaba grave, había que llevarlo a Santa Marta en burro o en chiva. Ahora tenemos clínica y ambulancias. Mis nietos estudiaron en la universidad gracias al turismo. No todo es malo.
Pero lo que se perdió es intangible: la tranquilidad, el sentido de comunidad, el tiempo para sentarse a conversar bajo una palmera. Las casas de madera fueron reemplazadas por edificios de concreto. El muelle de pescadores es ahora un muelle de yates. La glorieta donde se bailaba bolero es una iglesia. Y la playa, que antes era un lugar de encuentro familiar, ahora es un negocio donde cada metro de arena tiene un precio.
—Lo que más extraño es el silencio —dice don Pedro, mientras mira el horizonte—. Antes uno se sentaba en la playa a oír el mar. Ahora solo se oyen motores y gritos. Pero bueno, así es la vida. Uno se adapta o se amarga.
La importancia de preservar las memorias
El Rodadero no es solo un destino turístico. Es un lugar donde miles de personas crecieron, amaron, trabajaron y envejecieron. Las historias de los abuelos no son solo nostalgia: son un registro vivo de cómo era la vida en la costa caribe antes de la globalización. Preservar esas memorias es una forma de resistencia cultural, de mantener viva la identidad del barrio frente al avance del concreto.
Hay iniciativas locales que buscan conservar esta memoria. La Casa de la Cultura del Rodadero, aunque pequeña, recoge fotografías, documentos y objetos donados por las familias. También hay un proyecto llamado "Memorias del Rodadero", que graba entrevistas a los mayores y las sube a YouTube. Si usted quiere contribuir, puede donar fotos antiguas, escribir sus recuerdos o simplemente compartir este artículo con alguien que ame la historia de Santa Marta.
Porque al final, cada palmera que queda en pie es un testigo de lo que fuimos. Y cada historia que se cuenta es una semilla que no deja morir el pasado.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo empezó el boom turístico en El Rodadero?
El boom turístico comenzó a finales de los años 80, con la construcción de los primeros hoteles grandes como el Hotel Irotama y el Hotel Estelar. Antes de eso, el turismo era limitado y se concentraba en temporadas altas como Semana Santa y diciembre. La construcción de la Marina y la pavimentación de la vía desde Santa Marta aceleraron el proceso en los años 90.
¿Todavía hay casas de madera originales en El Rodadero?
Sí, quedan muy pocas. Las más conocidas son las tres casas de la calle 14, entre carreras 2 y 3. Una de ellas es la Casa de la Cultura, que se conserva tal como fue construida en los años 50. Otras casas de madera se han convertido en restaurantes o tiendas, pero han sido modificadas. Si quiere ver una original, visite la Casa de la Cultura los sábados en la mañana.
¿Qué pasó con los pescadores que trabajaban en el muelle antiguo?
Muchos se reubicaron en otros sectores de la playa, como el sector de Playa Salguero o Playa Grande. Algunos dejaron la pesca y se dedicaron al turismo, alquilando sombrillas o vendiendo artesanías. Otros, como don Óscar, todavía pescan de manera artesanal, pero en menor escala. La comunidad de pescadores se redujo drásticamente, y hoy solo quedan unos pocos que mantienen la tradición.
Si usted tiene una foto antigua del Rodadero, compártala en los comentarios y cuéntenos qué recuerda. Cada imagen es un pedazo de historia que merece ser contado.
