El rastro de los carnavales borrados: Las comparsas de la Calle 10 que desafiaron a la Alcaldía en 1984
En Santa Marta, el Carnaval no siempre fue un evento oficial. Hubo un año, 1984, en que la Alcaldía decidió prohibirlo por completo. Argumentaron "desorden público", "excesos" y "falta de presupuesto". Pero en los barrios populares, la fiesta no se apaga con un decreto. Esa noche del 17 de febrero, mientras los turistas se refugiaban en los hoteles del Centro Histórico, las comparsas de la Calle 10 se tomaron la oscuridad. Bailaron al ritmo de tamboras improvisadas, con disfraces hechos de basura y retazos. La policía llegó. Hubo golpes, corridas y detenciones. Pero esa madrugada, los samarios demostraron que la cultura no se borra con escombros. Esto es lo que pasó aquella noche, y por qué sus ecos aún resuenan en las calles polvorientas de la ciudad.
Orígenes
Para entender el 84, hay que remontarse a los años 60 y 70. El Carnaval de Santa Marta no era el de Barranquilla, pero tenía su propia alma. Las comparsas no nacieron en los salones de la alta sociedad, sino en los barrios de la periferia: Pescaíto, El Pando, La Lucha, y sobre todo, la Calle 10. Esta vía, que corre paralela al mar, era el pulso de la ciudad popular. Allí se mezclaban pescadores, vendedores ambulantes, albañiles y prostitutas. En febrero, cuando el calor apretaba, las cuadrillas de bailarines salían sin permiso. Usaban lo que tenían: plumas de gallina, bolsas de plástico, cartones pintados con cal. La música era la tambora, el guache y la gaita. No había patrocinadores, solo ganas de reírse de la pobreza.
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La Alcaldía de entonces, bajo el mandato de un alcalde conservador, veía estas manifestaciones con desprecio. Para la élite samaria, el Carnaval era sinónimo de borrachera y pleitos. En 1983, tras una riña que terminó con un muerto en el barrio San Martín, el Concejo Municipal aprobó una resolución que prohibía cualquier desfile no autorizado. La medida era un golpe directo a las comparsas populares. Los barrios ricos, como El Rodadero, tenían sus propios eventos privados en clubes. Los pobres se quedaban sin fiesta.
Pero la Calle 10 no obedeció. Desde enero de 1984, los líderes de las comparsas empezaron a reunirse en secreto en la casa de Doña Matilde, una matrona del barrio que vendía empanadas en la esquina de la Carrera 3. Allí planearon un desfile relámpago. No avisaron a la prensa. No pidieron permisos. Solo confiaron en el boca a boca. La consigna era simple: "El 17 de febrero, a las 8 de la noche, nos vemos en la Plazoleta de San Francisco".
Línea de tiempo o hitos históricos
Enero de 1984: La prohibición oficial
El 15 de enero, la Alcaldía publicó un bando en la Gaceta Municipal. El texto decía: "Queda terminantemente prohibido todo desfile, comparsa o disfraz en la vía pública durante las festividades de carnaval". La multa era de 5.000 pesos de la época, una fortuna para un obrero. Los periódicos locales, como El Informador, apoyaron la medida con editoriales que hablaban de "civilizar la fiesta".
Febrero de 1984: La preparación clandestina
Durante las primeras dos semanas de febrero, las comparsas ensayaron en patios y solares. En Pescaíto, un grupo de jóvenes construyó un disfraz de "diablo caimán" con papel periódico y alambre. En el barrio El Pando, las mujeres cosían faldas con retazos de tela comprados en el mercado público. Todo se hacía de noche, para no levantar sospechas.
17 de febrero de 1984: La noche del enfrentamiento
A las 7:30 p.m., la Plazoleta de San Francisco estaba vacía. A las 8:00 p.m., empezaron a llegar grupos de a pie. A las 8:30 p.m., ya eran más de 300 personas. A las 9:00 p.m., sonaron los primeros tambores. La policía, alertada por un vecino, llegó en dos camiones. Lo que siguió fue una batalla campal. Los manifestantes coreaban: "¡El carnaval no se prohíbe, se vive!". Hubo 23 detenidos, entre ellos tres mujeres embarazadas. Los disfraces fueron quemados en una hoguera en la misma plazoleta.
18 de febrero de 1984: La represión y el silencio
Al día siguiente, la Alcaldía justificó la acción. Dijeron que era "por el bien de la ciudad". Pero en los barrios, la rabia creció. Durante los meses siguientes, surgieron reuniones de juntas de acción comunal para exigir el derecho a la fiesta. No lograron nada. El carnaval oficial no se recuperó hasta 1992, y nunca volvió a tener la fuerza de esas comparsas callejeras.
Personajes o hechos clave
Doña Matilde "La Caimana"
Matilde Rodríguez, conocida como "La Caimana", era una vendedora de pescado frito en la Calle 10. Tenía 52 años en 1984. Fue ella quien organizó las reuniones secretas. Su casa, en la Carrera 3 # 10-25, era el cuartel general. La noche del 17, ella encabezó la comparsa con un disfraz de caimán hecho con costales y escamas de pescado seco. La policía la detuvo, pero la soltaron al día siguiente por su edad. Hoy, a sus 94 años, vive en el mismo barrio. En una entrevista de 2023 para un documental local, dijo: "Nos quitaron la fiesta, pero no la risa. Esa la tenemos guardada".
Jorge "El Tamborero" Díaz
Jorge Díaz, hoy de 78 años, era el músico principal de la comparsa del barrio La Lucha. Tocaba la tambora desde los 12 años. Esa noche, su tambor fue confiscado y destruido por la policía. "Me rompieron el cuero a machetazos", recuerda. Después del 84, Jorge siguió tocando en fiestas privadas, pero nunca más en la calle. En julio de 2026, todavía vive en el mismo barrio y toca en la iglesia del pueblo los domingos. "El tambor no se calla, solo cambia de lugar", dice.
El subintendente Pedro Martínez
Martínez era el jefe del operativo policial aquella noche. En una entrevista de 1990, ya retirado, confesó: "No estaba de acuerdo con la orden, pero tenía que cumplir. Esas comparsas no eran peligrosas, eran solo gente pobre queriendo divertirse". Martínez murió en 2005 sin haber pedido disculpas públicas.
Estado actual
Hoy, en julio de 2026, el Carnaval de Santa Marta existe, pero es una sombra de lo que pudo ser. Desde 1992, la Alcaldía organiza desfiles oficiales en el Centro Histórico, con carrozas patrocinadas y seguridad privada. Las comparsas populares han sido marginadas a los barrios, sin apoyo ni visibilidad. La Calle 10 ya no es el epicentro de la fiesta; ahora es una vía comercial llena de tiendas de ropa y restaurantes de comida rápida. Sin embargo, en algunos rincones, la memoria persiste.
En Pescaíto, un grupo de jóvenes llamado "Comparsa La Resistencia" intenta mantener viva la tradición. Se reúnen los sábados en la cancha del barrio, ensayan con tambores reciclados y fabrican disfraces con materiales de desecho. No reciben dinero de la Alcaldía. Su líder, Carlos, de 28 años, dice: "Lo que pasó en el 84 nos enseñó que la fiesta es nuestra, no de los políticos".
La Plazoleta de San Francisco sigue ahí, pero ahora es un parqueadero de motos. No hay placa, ni monumento, ni ninguna señal que recuerde lo que ocurrió esa noche. Los pocos testigos que quedan son ancianos que cuentan la historia a sus nietos. En 2025, un grupo de historiadores aficionados lanzó un proyecto llamado "Carnaval Prohibido", que recoge testimonios y fotos de la época. Pero el archivo es pequeño, y muchas imágenes se perdieron en el incendio de una casa en 1998.
El legado de aquella noche es contradictorio. Por un lado, demostró que la cultura popular puede resistir la represión. Por otro, evidenció la fragilidad de la memoria colectiva en una ciudad que prefiere olvidar sus conflictos. Los precios de referencia de julio de 2026 para una empanada en la Calle 10 son de $3.000 COP, y un taxi desde el Centro hasta Pescaíto cuesta unos $8.000 COP. Pero el costo de recordar es más alto: requiere voluntad.
Si usted vivió esa noche, o tiene una foto o un recuerdo de las comparsas de 1984, compártalo en los comentarios. Ayúdenos a reconstruir esta memoria colectiva antes de que el tiempo la borre del todo. Porque el carnaval no se prohibió: se escondió, y solo nosotros podemos sacarlo a la luz.

